Javier Arias Artacho
Javier Arias Artacho

Libertad de expresión o delito

¿Se puede permitir la infamia durante una emergencia mundial?


23 dic. 2020

De 2020 vamos a recordar que nos quedamos con las maletas en la puerta del año. La vida se detuvo, como cuando perdemos nuestra conexión y la pantalla parece una fotografía sin gracia. Mirábamos las imágenes que nos llegaban desde China y sentíamos esa conmiseración lejana, la de los telespectadores que observan un apocalipsis que no les pertence. Pero esta vez algo cambió. Fue un tsunami desproporcionado. Y cuando pensábamos que la gran ola iba a succionar los añicos de las playas, el agua se estancó y dejó anegada toda la Tierra.

Al mirar hacia atrás, tengo la sensación de que nos hubiésemos tomado barbitúricos. Hemos continuado viviendo aturdidos, desenfocados, avanzando a trompicones, como si sobre el mundo hubiese descendido una espesa niebla que nos impide vernos. Tuvimos que enfrentar a la pandemia con confinamientos, distancia social, mascarillas y una higiene como nunca tuvimos. Aun así, millones de contagiados, miles de muertos y, lo que es más doloroso, el abandono en soledad de los que entraban en cualquier hospital para acabar sus días.

Nunca en la historia reciente el planeta había sufrido una parálisis económica de dimensiones semejantes. A los efectos sanitarios – contenidos gracias a las estrictas medidas autoimpuestas por gran parte de la sociedad -, hemos tenido que sumar las muertes psicológicas, sociales, económicas… La Covid-19 no entiende de ideologías, ni de políticas, ni de empresas estratégicas a nivel mundial. Los trasatlánticos están en los puertos, los aviones aparcados en los desiertos y el turismo internacional generando más pobreza de la que existía meses atrás.

Sin embargo, 2020 también nos trajo algo extraordinario: todos los medios científicos del planeta se han puesto en conjunción para lograr el hito histórico de una vacuna conseguida en tiempo récord. Para que el mundo pueda salir de su ostracismo no hay más salida que conseguir una gran inmunidad que llevará años y muchas muertes. Frente a esto, la comunidad científica internacional – con toda la prudencia y reserva que merece el inicio de la vacunación – apuesta y legitima la idoneidad de las vacunas y que, si bien existen riesgos como con todos los medicamentos, estos son infinitamente inferiores al bien que conlleva vacunarse.

Estamos a las puertas de una vacunación masiva que puede ayudar al mundo. Sin embargo, el riesgo de los terraplanistas está ahí. Son los mismos que hasta hoy negaron la pandemia, los mismos que no atienden al sentido común, ni a las evidencias científicas. Los mismos que creen que Bill Gates está detrás de todo esto, orquestado para el control interplanetario. Son insignificantes con afán de protagonismo, ridículos sin formación que hacen escuela en redes sociales, tontos útiles jaleados por el interés de minorías que buscan una notoriedad efímera.

Son pocos, pero hacen daño. La mentira corre como la pólvora en un mundo que se construye a base de manipulación. Es el ingrediente de las redes sociales para conseguir objetivos que poco importa si son ciertos, sino que interesen para obtener algo. Los negacionistas alzan su bandera de complot mundial mientras el mundo se cae a pedazos y yo me hago una pregunta: si la apología del terrorismo es un delito, ¿acaso la promoción contra la salud pública no lo es? ¿Es lícito que las redes sociales permitan la mentira y la infamia cuando miles de personas mueren diariamente? ¿Es lícito permitir que se burlen de ello y, por ende, promuevan la muerte? ¿Es de recibo permitir la propaganda contra las medidas sanitarias adoptadas por los estados libres?

Ustedes dirán.

CONTACTO

Javier Arias Artacho es escritor y docente. 

lectores@javierariasartacho.es

Agencia Literaria Sandra Bruna

 

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