Javier Arias Artacho
Javier Arias Artacho

Tensión en las aulas en las aulas vacías

El inicio del curso pandémico no fue fácil

Ya decía el ilustrado Jean-Jacques Rousseau que el hombre es bueno por naturaleza. Solo lo que vamos abocando en él desde niños distorsiona esa bondad innata. La sociedad y la educación que recibimos nos echa por el mal o el buen camino y, cuando percibimos el fracaso, echamos culpa a diestro y siniestro, como si una demanda al estado pudiera solucionar la frustración de nuestra dejación de funciones. Es cierto que la sociedad nos proporciona un marco donde movernos, pero es la familia la que educa en el amplio sentido de la palabra. A veces parecemos surfear sin equilibrio frente a una pared de agua de la que no sabemos si podremos escapar, pero es la familia la que propone valores, elige un centro de enseñanza, promueve un ocio determinado y un estilo de vida en una dirección u en otra.

Este pequeño detalle lo olvidamos y, desde mi punto de vista, no creo que la sociedad actual sitúe a la familia en el podio que le pertenece para la supervivencia de sí misma. No educa ningún estado, ninguna institución, ninguna religión sin el filtro y el acompañamiento de la familia.

Cuando baja la marea, sobre la arena podemos ver los restos del naufragio. Lo cierto es que, durante los últimos meses, la marea ha tenido un comportamiento tan excepcional que la playa ha dejado al desnudo la miseria de un mar demasiado revuelto. La pandemia generada por el COVID19 ha dejado en evidencia cómo ha sido educada nuestra juventud durante los últimos años. Evidentemente, no todos recibieron la misma educación, pero sí un número importante de jóvenes, bastante generalizado.

Soy profesor y conozco a jóvenes estupendos, mejores que yo y de los que aprendo muchas veces. Pero también sufro a muchos que, si nos les estableces unas reglas de comportamiento claras – e insistes sistemáticamente en ellas -, infringirían las normas por sistema. Es más, en algunos casos, estos comportamientos vienen amparados por una sobreprotección errónea de sus padres. Se trata de adolescente egoístas, convencidos de que sus apetencias deben ser impuestas como reyezuelos malcriados y con una complicada tendencia a la empatía, ya que esta, a veces, se enreda con sus intereses. De estos chicos y chicas cada vez hay más y manejan el engaño como un transformista aficionado.

Hace mucho tiempo que la educación es solo mero interés político y no un verdadero objetivo social. Reformas educativas, inversiones millonarias – siempre insuficientes -, digitalización progresiva… Pero la realidad se impone y resulta que, ahora mismo, gran parte de la sociedad depende del comportamiento social de muchos de ellos para frenar los contagios. Estamos en sus manos, como quien dice, y los que conocemos la realidad sabemos que no hay timón y, a no ser que se revierta la situación, vamos directos a los escollos.

Los observo en la calle con la mascarilla de colgante, dando se besos y abrazos cuando se suplica y ruega la distancia social, a veces de botellón, otras en cualquier tumulto que se convierta en su ocio improvisado. Para estos grupos demasiado extendidos no sirve el buenismo cándido de los que creen que pueden cambiar apelando a su buena voluntad, recurriendo al eslogan de que son eslabones que sirven de manera poderosa para la transmisión del virus que mata a sus abuelos – y muchas otras personas de variada condición – y paraliza la economía que les da de comer. Lamentablemente, solo puede funcionar imponer las normas y castigarlas de una manera proporcionada y clara cuando se incumplan. Siempre estarán aquellos que piensen que esto no es educativo – quizás yo también -, pero no hay tiempo. Ahora es tiempo de esto. Luego vendrá el tiempo de pensar cómo estamos educando a la generación del Instagram y el postureo con muchas familias ejerciendo dejadez de funciones. En ese sentido deberían ir las leyes educativas.

Llevo días escuchando los cantos de sirena de algunos padres díscolos, de aquellos que se niegan a aceptar la difícil situación a la que nos enfrenta la pandemia en todo el mundo, que a veces se olvida esto. El COVID19 está aquí y no hay nada que se pueda hacer sin la colaboración de todos. Nadie tiene garantías absolutas hasta que las vacunas no sean una realidad. Negarse a escolarizar a sus hijos - siempre que los centros hayan tomado todas las medidas sanitarias que la buena voluntad y buen entender permiten - es tal necedad que me pregunto si la opción que estas familias es dejarlos encerrados en casa durante un año. Porque, en el caso de que no sea así, creo que no habrá lugar para ellos más seguro que una escuela, donde los docentes – con su ayuda – podrán imponer esas normas que nadie les hace cumplir en la calle.

Hubo tiempo para aplaudir al mundo de la sanidad… Pues abran paso, ahora es el tiempo de los docentes.